No pretiramos la existencia de un precedente inolvidable. Bécquer estableció incluso cantos para la prosa (3). Frente a él, Juan Ramón adelgaza la anécdota argumental y convierte el texto en pura musicalidad, auténtico derroche de prosa lírica. El denuedo de Juan Ramón por comunicar, dada la dificultad de la poesía y el mayor acercamiento de la prosa a la sensibilidad de la “inmensa minoría”, abre una senda inusitada en las letras españolas destilando frutos y fulgores (4). Sin embargo, a pesar de tan insigne prosapia, el poema en prosa y la prosa poética, quizás por la desconfianza de su ambigüedad preceptista, no acaban de arraigar con verdadera fuerza en la literatura española; lo que no significa, por otra parte, reconocer –como Aurora de Albornoz declara- que “a Juan ramón le debemos el haber iniciado en nuestra lírica casi todas las innovaciones que han de llevar a su culminación los grandes poetas de la generación del 27” (5). El bagaje intelectual y los avatares emocionales de Juan Ramón Jiménez le permiten constatar con original criterio las manifestaciones más diferentes y hasta contrarias de la expresión poética. Juan Ramón es un excéntrico y no duda en contradecirse, acomodar sus posturas y reconvenir sus imaginarios. En definitiva, su acción creadora no tenía límites y él no iba a imponérselos. Esta audacia, que sigue suscitando exacerbados interrogantes sobre la identidad de su obra y los espacios intertextuales que la integran, nos permite afirmar con Vázquez Medel que, en la poesía de Juan Ramón, se verifica “buena parte de todos los recursos creativos caracterizadores de la mejor tradición poética en lengua española en el siglo XX” (6).
Juan Ramón Jiménez, sin embargo, nunca llegaría a tener clara conciencia de su deseo. El desaforado proceso creativo de su intuición poética no le permitía establecer con claridad cuáles deberían ser los esenciales resortes de la creación total, de la obra absoluta, de la abstracción perfecta. Su lucha por el poema ideal, lúcida en algún momento como premisa o como utopía, nunca dejó de atosigarlo. Lo utilizaba todo, lo mezclaba todo, lo refutaba todo y todo le parecía demasiado e insuficiente. Su versatilidad extraordinaria y su fecunda creatividad lo persiguieron siempre con ensañamiento, impidiéndole afrontar un proceso de revisión que lo obsesionaba (7). No hemos llegado todavía a la clarificación de los conceptos que nos permiten establecer cánones sobre la funcionalidad de la poesía. Tal vez no los haya. Tal vez no debiera haberlos, pero lo cierto es que esta virtualidad sigue atenazando a los críticos y a los poetas interesados en la inefabilidad del misterio. La razón adviene en todos pero no todos pueden convertirse en sagrados hierofantes. En paralelo o divergencia con las diversas opiniones, Juan Ramón Jiménez aspira al “poema seguido, sin asunto concreto, sostenido sólo por la sorpresa, el ritmo, el hallazgo, la luz, la ilusión sucesiva (…), por su esencia” (8). Y esto dice obtenerlo en el poema en prosa, piedra angular que ya formuló el Romanticismo como expresión del pensamiento poético moderno, manantial donde se vierte todo el caudal desaforado de una obra incesante, razón que se inaugura en las páginas del ‘Diario’ para culminar en “Espacio” donde tema, estructura, ideario y forma devienen consustanciales (9).





