Caballeros:
Seguramente les interesen más los juegos de prestidigitación que leer mi solicitud de empleo para trabajar en su revista, pero, así son las cosas: uno no puede tener siempre lo que más desea.
Tengo veintitrés años y llevo seis semanas desocupada en Nueva York. Sin embargo, a lo largo de todo un año, entre 1930 y 1931, cuando asistía a mis clases de publicidad en la Escuela de Negocios de Columbia, fui una auténtica neoyorquina. La verdad es que soy sureña, de Misisipi, el estado más atrasado de la nación. Mis otras ramificaciones incluyen a Walter H. Page (1), quien, desgraciadamente para mí, ya no tiene relación con Doubleday-Page, que, por otro lado, ya ni siquiera sigue siendo Doubleday-Page. En 1929, con toda facilidad, me licencié en inglés en la Universidad de Wisconsin. He pasado los últimos dieciocho meses languideciendo en la oficina de una emisora de radio en Jackson, Misisipi, escribiendo cuñas de continuidad, obras dramáticas, anuncios de comida de animales, parlamentos de Santa Claus y comedias para anunciar seguros de vida, en la actualidad, lo he dejado todo.




