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Una carta (Eudora Welty)

A los editores de ‘The New Yorker’, 15 de marzo de 1933

Caballeros:

Seguramente les interesen más los juegos de prestidigitación que leer mi solicitud de empleo para trabajar en su revista, pero, así son las cosas: uno no puede tener siempre lo que más desea.

Tengo veintitrés años y llevo seis semanas desocupada en Nueva York. Sin embargo, a lo largo de todo un año, entre 1930 y 1931, cuando asistía a mis clases de publicidad en la Escuela de Negocios de Columbia, fui una auténtica neoyorquina. La verdad es que soy sureña, de Misisipi, el estado más atrasado de la nación. Mis otras ramificaciones incluyen a Walter H. Page (1), quien, desgraciadamente para mí, ya no tiene relación con Doubleday-Page, que, por otro lado, ya ni siquiera sigue siendo Doubleday-Page. En 1929, con toda facilidad, me licencié en inglés en la Universidad de Wisconsin. He pasado los últimos dieciocho meses languideciendo en la oficina de una emisora de radio en Jackson, Misisipi, escribiendo cuñas de continuidad, obras dramáticas, anuncios de comida de animales, parlamentos de Santa Claus y comedias para anunciar seguros de vida, en la actualidad, lo he dejado todo.

Utopía socavada (Kjartan Fløgstad)

La ciudad de Kiruna, situada en el norte de Suecia, es, desde hace tiempo, el escenario de dos utopías: una extremadamente exitosa, otra extremadamente catastrófica. Actualmente, la extremadamente exitosa está amenazada por el colapso. Los últimos estudios de prospección de la compañía minera Luossava-Kiirunavaara de Aktiebolag (LKAB) muestran que se está abriendo una cavidad cada vez mayor debajo de la ciudad. Así, pues, un grupo formado por arquitectos, urbanistas, artistas de instalaciones y grupos de recursos está metido de lleno en la organización del traslado de esta genuina utopía. La cuestión es: si realmente es una utopía exitosa, ¿se puede trasladar esta utopía tan lograda a un lugar real?

Entre los años 1909 y 1912 se estableció una colonia sueca en la región fronteriza entre Argentina y Brasil. Estaba formada por habitantes de las provincias septentrionales de Västerbotten y Norrbotten que juntos intentaron establecerse en el Nuevo Mundo. Muchos de ellos eran obreros que habían acabado en la lista negra con motivo de la huelga general de 1908: sindicalistas bien preparados, gente con unas habilidades por encima de la media, en definitiva, personas con recursos. Por cierto, esta huelga constituye el trasfondo histórico de la novela de P. O. Enquist ‘Musikanternas uttåg’ [“La marcha de los músicos”], de 1978. En un breve epílogo, Enquist reproduce un artículo sobre Brasil, originalmente publicado en el periódico de Kiruna, ‘Norrskenflamman’. En él se dice: “Por encima de toda la conmoción que se creó en torno a nuestras consideraciones acerca del posible éxodo, traslució, sin embargo, la circunstancia de que no teníamos nada que perder aparte de la vida […]. Si lo conseguíamos, no sólo nos habríamos salvado nosotros, sino también aquellos camaradas que se han dado cuenta de que, de todos modos, su vida tiene muy poco valor si se quedan en Kiruna”.

Enquist retomó el tema en su compilación de ensayos ‘Kartritarna’ [“Los cartógrafos”] de 1992. En este caso, comparó la emigración obrera del norte de Suecia con un meteorito. Un pedazo de Suecia se desprende de la Alta Norrland y se precipita contra la tierra entre Brasil y Argentina. Enquist planeó escribir una epopeya en la que la órbita de la cometa mostraría el camino, desde la cuna de la utopía hasta su liquidación. Los obreros suecos emprendieron dos proyectos históricos desde un mismo punto de partida utópico. Del uno, el Hogar del Pueblo socialdemócrata, ‘Folkhemmet’, dice Enquist que fue extremadamente exitoso, del otro, que fue extremadamente catastrófico. El proyecto catastrófico fue el que acabó en la selva de Misiones.

Infratierra (Robert MacFarlane)

No tenía modo de saber, cuando nos adentramos en la infratierra, que su propia virgen de piedra habitaba un nicho en el techo curvado de la grieta, a cientos de metros bajo tierra. No la vi hasta que regresamos, aunque con toda probabilidad ella nos había observado al pasar camino del interior, en nuestro descenso hacia las profundidades de la fisura, con el frío arroyo bañándonos la espinilla, encaminados hacia las cascadas, hacia el silencio seco de la cámara inferior y el sumidero imposible de bucear.

El nicho era de concreción blanca y brillante, pero la estatuilla y la negrura de su mica centelleaban a la luz de mi linterna. Estaba de brazos cruzados, con los codos apuntando hacia fuera, sus ropajes tenían vuelo y la cabeza, de perfil, miraba hacia la izquierda. Tenía rasgos de bailarina de flamenco y, a la vez, cierto aire mariano. No era ni más ni menos excepcional que un espeleotema (un sedimento mineral nacido de la casualidad, formado durante miles de años gracias a la acción química de la piedra caliza de la grieta). Pero me pareció que su presencia allí tenía sentido: la geología como teología, esforzándose en esculpir una elaborada efigie para aquel espacio barroco.

***

Nacía cerca de territorio kárstico, en el norte rural de Nottinghamshire: unos treinta kilómetros al este de la roca carbonífera de la región del White Peak, en Derbyshire. El Pico era el terreno elevado que más cerca nos quedaba, así que a menudo íbamos allí a pasar el día en familia: bajábamos a los empinados valles que antaño habían sido túneles de ríos de gran calibre, cuyos amplios techos se habían venido abajo hacía mucho; atravesábamos el valle de Dovedale por el camino de piedras, saltando de una a otra; y seguíamos los senderos de los campos, dejando atrás árboles doblados, ovejas pasmadas y granjas agazapadas en las laderas. Una vez visitamos la cueva turística de fluorita de Castleton y salimos de la tienda de recuerdos con triángulos pulidos de raro mineral blue John. A veces nos topábamos con espeleólogos que salían de hoyos en el suelo como pequeños roedores o que marchaban en fila ataviados con monos por los caminos.

Arco de San Severo (Francisco Jota-Pérez)

Francisco Jota-Pérez (Barcelona, 1979). Escritor y guionista. Autor de las antologías Dionisia Pop! (editorial Grupo AJEC, 2007) y Antifuente (Viaje a Bizancio Ediciones, 2008), así como de las novelas Hierático (AJEC, 2009), Cinco Canciones de Cuna, Orígenes del Lodo y Ciencia Raíz (los tres volúmenes de su Tríptico Linde para la editorial Aristas Martínez), colabora habitualmente en publicaciones españolas especializadas en literatura de género y narrativa experimental, y mantiene en la revista cultural Crazy Friday la columna mensual Kulturtectura, dedicada a la futurología, tendencias y nuevas tecnologías. Más info: http://fjotap.wordpress.com/

Para bien o para mal, no hay disensión al respecto del origen del tratamiento:“Avatar therapy for persecutory auditory hallucinations: What is it and how does it work?”, publicado el 4 de marzo de 2013 en la revista Psychosis: Psychological, Social and Integrative Approaches y firmado por Julian Leff, Geoffrey Williams, Mark Huckvale, Maurice Arbuthnot y Alex P. Leff.

El artículo postulaba:

"Hemos desarrollado una nueva terapia basada en modelos informáticos que permiten al paciente crear un avatar de la entidad, humana o no-humana, que creen les está acosando. El papel del terapeuta es el de animar a dicho paciente a entablar un diálogo con su avatar, teniendo a su disposición una batería de programas que modifican a la proyección de forma que, en el transcurso de apenas seis sesiones de 30 minutos, ésta devenga controlada por el paciente y pase de mostrarse abusiva a ser un ente amable y comprensivo.

Corrientes tiene payé (Hebe Uhart)

Antes de dedicarme casi de lleno a hacer crónicas de viaje, hice algunas pocas que se perdieron. Dos o tres se publicaron, la que ahora voy a tratar de recordar, en una revista; la revista no salió más y entonces a mí me pareció que debía perder también la nota, como si nunca hubiera existido, la tiré en una mudanza. Por ese tiempo me gustaba mucho el chamamé y cuando escuchaba tocar “Kilómetro once” me paraba como si tocaran el himno nacional. Había comprado un disco de un paisano correntino, no recuerdo su nombre; en una canción explicaba a su hijo cómo hay que proceder en la vida, decía cosas como

“Respetale bien a la autoridá
pero no sea cosa que te vayan a arrear”

Y seguía una serie de consejos, que para mí encerraba todo lo que es necesario para manejarse en este mundo. Un periodista amigo me dijo:

- Sí, hacé la nota pero no te podemos pagar.

Caminando hasta Kobe (Haruki Murakami)



1

Fue en mayo de este año (*) cuando se me ocurrió la idea de emprender una pausada caminata, yo solo, desde Nishinomiya hasta Sannomiya, en Kobe. Se dio la casualidad de que tenía que parar en Kioto por cuestiones de trabajo y aproveché para desplazarme hasta Nishinomiya. Si miramos un mapa, veremos que entre esta ciudad y Kobe media una distancia de unos quince kilómetros. No está precisamente "ahí al lado", pero confío hasta cierto punto en mis piernas y sé que no voy a sufrir para terminar el trayecto.

Aunque nací en Kioto, y así consta en el registro, mi familia enseguida se mudó a Shukugawa, en la ciudad de Nishinomiya, prefectura de Hyōgo, y al poco tiempo a la vecina Ashiya, en donde pasé la mayor parte de mi adolescencia. Como mi instituto estaba en Kobe, al pie de la montaña, cuando salía a divertirme, lo hacía, naturalmente, por Sannomiya, el centro de la ciudad. Así es como se forma el típico "chico 'Hanshin-kan'", es decir, del área comprendida entre Kobe y Osaka. Por aquel entonces -no quiero decir, por supuesto, que no lo siga siendo-, aquélla era una excelente zona para transitar de la infancia a la pubertad. Tranquila y sosegada, se respiraba un ambiente de cierta libertad, estaba bendecida por el mar y la montaña y a un paso de la gran ciudad. Se podía ir a conciertos, hojear libros baratos de tapa blanda en las librerías de segunda mano, frecuentar clubs de jazz o ver películas de la Nouvelle Vague en salas de arte y ensayo. En lo que a moda se refiere, las cazadoras Van eran lo más.

Pero al entrar en la universidad me marché a Tokio, allí me casé, conseguí un empleo y, desde entonces, apenas regresé al área de Hanshin. Aunque de cuando en cuando volviese a casa, tan pronto como resolvía lo que me había llevado hasta allí, me subía en el 'shinkansen', el tren bala, y regresaba a Tokio. Por una parte llevaba una vida ajetreada, además de haber pasado largos periodos en el extranjero. A eso hay que añadir ciertas circunstancias privadas. En este mundo hay personas que se sienten constantemente compelidas a regresar a su tierra natal y personas que, por el contrario, sienten que ya no pueden volver. Lo que separa a ambas es, en la mayoría de los casos, una determinada fuerza del destino, independiente del peso de nuestros sentimientos hacia el terruño. Y, guste o no, parece que yo pertenezco al segundo grupo.

La bifurcación anterior (Josué Insua)


Josué Insua (Madrid, 1974). Tímido. Discreto. Breve

La historia comienza con D. y H. guardando un inesperado momento de silencio en el interior del desastrado y polvoriento Seat 127 amarillo en el que se acaban de subir. Ambos visten trajes viejos, gastados, inadecuados a todas luces para la asistencia a un funeral pero, en fin, esperan que más apropiados que sus desaliñadas ropas habituales. En ese silencio los dos hombres recuerdan con tristeza a L., sin haberse puesto de acuerdo para ello. Por fin, H. libera un mustio suspiro, lame la ventosa del GPS y la pega en el manchado parabrisas. Manipula el aparato mientras D., al volante, se rasca la barba con el pulgar y observa. Un mapa falsamente tridimensional se despliega en la pantalla, bajo las grasientas huellas digitales de antiguos manoseos, e indica el camino en colores chillones. D. hace girar la llave y consigue poner el vehículo en marcha después de un par de intentos.

Ha amanecido hace ya rato y comienza a hacer calor. Atraviesan los maizales del sur. No hablan; llevan muchos años juntos y ya no necesitan mantener una conversación para ahuyentar la incomodidad. Las únicas palabras que se oyen en el coche son las que pronuncia el GPS, que les indica con una tranquilizadora voz femenina el camino correcto en las intersecciones. Para cuando llegan a las montañas, los trajes prestados, oscuros e incómodos por sus hechuras, se han convertido en un irritante suplicio que tratan de aliviar tirando de las costuras de la entrepierna, de la sudada zona de las axilas y del cuello. El sol calienta con fuerza el metal y el asfalto, y la única ventanilla que ha respondido a sus intentos de apertura no consigue otra cosa que dejar entrar aire sofocante y caldear todavía más el interior.

El poema (Pedro Salinas)



Y ahora, aquí está frente a mí.
Tantas luchas que ha costado,
tantos afanes en vela,
tantos bordes de fracaso
junto a este esplendor sereno
ya son nada, se olvidaron.
Él queda, y en él, el mundo,
la rosa, la piedra, el pájaro,
aquéllos , los del principio,
de este final asombrados.
¡Tan claros que se veían,
y aún se podía aclararlos!
Están mejor; una luz
que el sol no sabe, unos rayos
los iluminan, sin noche,
para siempre revelados.
Las claridades de ahora
lucen más que las de mayo.
Si allí estaban, ahora aquí;
a más transparencia alzados.
¡Qué naturales parecen,
qué sencillo el gran milagro!
En esta luz del poema,
todo,
desde el más nocturno beso
al cenital esplendor,
todo está mucho más claro.

(Poemas del alma)

Mella (Roberto Echavarren)



No me habría detenido en ti si no hubieras estado
al final de la avenida junto al kiosco de tiro al
blanco
donde pasan en correa patos de metal. Hiciste
mella en uno.
Fuimos al tren fantasma; en cada curva saltaban
los muertos.
Tus dientes con luz negra se enhebran fosforescentes.
De repente no sé si hablamos o estuvimos callados,
qué hicimos tan bien sin darnos cuenta.
Sigo leyendo sin saber si estoy acompañado o
estoy solo
el contrapunto de ocurrencias de tu cuerpo,
curso acelerado donde me devano
por descifrar la trama de sucesos.
La medalla sólo me llevó días enteros.
Puedo comenzar con tu cuerpo, tazas del cielo
por donde se descuelga una línea hasta los talones
y plantas encallecidas, que al besar invertidas
me dejan perplejo de que te hayan sostenido tan
rudamente.
Cola, grupa, lugar del mastelero, levantada
esperando ¿qué?
consagración de las primeras lluvias:
tu Valparaíso, enorme boca de la bahía pacífica.
Había terminado la serenata y no nos habíamos
dado cuenta;
ahora en silencio seguíamos tan acompañados
como antes
las historias tejidas por un enigma al desplegarse;
cordón de dijes tirante sobre tu cuello ancho:
resalta un cuerno, una lámina sin nombre, una
raqueta
de hilo de cobre entretejida con varios interiores
flexibles donde hundo el dedo y sacas la lengua
ex abundantia cordis. Me clava
el triángulo pintado en tu espalda
blanco sobre negro con un ojo negro sobre el blanco.
Fumo tus cigarrillos y pito mariposa blanca
alrededor de tu cabeza; página tras página va
cayendo,
indecisa, interrumpida cabeza de toca blanca
acogida a los golpes de la habitación contigua
contra el fondo verde luz de una tapa
en la antesala de la biblioteca.
Tu canasto, por no decir entrepierna
lisa, oscura de patchouli, por donde empieza la
curva
hasta el cráneo, cuadrado dije de jade:
aunque no queden dichas tus formas, al menos
aludidas,
me despido pero tú estás de nuevo.
Lo simbolizado se reduce a una visión interior,
quiero decir desde tus adentros:
mella en las paredes de la gruta.

(Poemas del alma)

Siempre será nuestro bosque (Ekaitz Ortega)


Ekaitz Ortega (Bilbao, 1983). Escritor ganador del Premio Avalón 2009 y con una treintena de relatos y poemas publicados en revistas y webs. Se define como trashumante, devorador de libros y desencantado por naturaleza. ekaitzortega.blogspot.com

Padre e hijo navegaban por el bosque de anchos troncos y hojas muertas. La barca se mecía sobre la hierba avanzando hacia el sur. El manejo de los remos era más sencillo de lo esperado. Al principio pensó que costaría avanzar, pero con cada brazada dejaba atrás un par de metros y se sentía más seguro. Llevaban horas esquivando los lugares más frondosos por donde no pasaría la barca y sobrepasando centenares de árboles. Ninguno de los dos se mareaba. Temió que su hijo lo pasara mal allí subido, pero cuando despertó en el bosque ya debía llevar meses esperándole y parecía acostumbrado a la extraña sensación de movimiento. Estaba aburrido y ausente. El saludo mutuo fue tan frío como lo merecía la situación, verse tras la muerte no era un acto que les ilusionase. Tras unas pocas palabras cogió los remos y decidió ir a algún lado, chocó contra los árboles y tuvo miedo de astillar la embarcación, pero ésta no pareció sufrir daños. Acabó acostumbrándose al manejo, y, aunque era complicado esquivar ciertos árboles o pasar por estrecheces u oleaje que llegaba ocasionalmente de cualquier dirección, no sufrió demasiado en el avance.

Llevaban horas sin hablarse. Él remaba intentando mantener la misma dirección y su hijo descansaba tumbado delante, con la mirada perdida en el cielo y los pies rozando sus piernas. No dormía ni hablaba. Sólo observaba el cielo sin nubes que se podían entrever cuando el ramaje perdía espesura. Tenía ojos tristes, distintos a los que recordaba.

No le digas a Cristo (Marilina Rébora)


No le digas a Cristo:
- He de ir, mas espera.
Me falta, todavía, algo que me he propuesto;
el mundo me reclama, complacerle quisiera.
Ten paciencia, he de ir. Un poco y ya me apresto.

No le digas a Cristo:
- He de ir, aunque espera
solamente a que acabe lo que tengo dispuesto;
me conoces devota y me sabes sincera.
He de ir. Sí; después que termine con esto.

Mis mejores deseos para Cody Black (Ignacio J. Borraz)


Ignacio J. Borraz, alumno de la Escuela de Escritores y la Escuela de Fantasía. Ha publicado, de momento, 3 relatos en Crónicas de la Marca del Este, Antología Z 4: Zombimaquia y Libro de los monstruos y ha puesto voz a Una revelación de José María Merino en el número especial LNL de Cuentos para el Andén

Cody Light se despertó, como la mayoría de mañanas de sus días pares, con la boca pastosa, el cuerpo entumecido y el día avanzado. Se desnudó y se contempló ante el espejo. No había rastros de pelea. Un par de dientes rotos le devolvieron la sonrisa torcida que había formado en sus labios. Nunca tendría suficiente dinero para dentistas.

Se preparó el almuerzo con la voz chillona de una presentadora de la BBC narrándole los desastres del día anterior. Nada nuevo. En los días impares la tasa de criminalidad subía de forma consistente, como la espuma de una Guiness. La voz de la presentadora reñía con fiereza con la bronca del 4º 2ª. Las paredes y techos de papel de aquel bloque desvencijado de Seven Sisters no dejaban espacio a demasiada intimidad.

Oscuridad (Toni García Arias)


A veces la gripe o la garganta venían a salvarme de un día de escuela y de un maestro con joroba que tuve. Mi madre me preparaba entonces una taza de leche caliente con miel y unas gotitas, bajaba las persianas de mi habitación con sigilo, como cuando moría alguien, y colocaba en mi mesilla un viejo transistor a pilas de color anaranjado.

Una de aquellas mañanas dieron por la radio la muerte de Jonh Lennon. Yo escuché por vez primera una canción de Los Beattles, mientras la fiebre luchaba por borrarme el mundo de los ojos.

Mi madre murió una mañana de Agosto. El sol entraba con violencia a través de las ventanas. Mi padre bajó las persianas, y el silencio, la oscuridad, iluminaron de pronto objetos que antes parecían no existir y que, aún hoy, siguen en esta casa conservando sus huellas.

El puente (Efraim Suárez)


Efraím Suárez, escritor, finalista del I Premio de novela Histórica CajaGranada con Hilos de ambición (de próxima aparición). Podéis seguirme en http://adspeculum.blogspot.com.es/ o en mi perfil de twitter https://twitter.com/EfraimSuarez

La criatura surgió de las entrañas de aquel pozo sin fondo cubierto de oscuridad que se abría a los lados del estrecho puente de piedra. Por un momento sentí que la sangre se helaba en mis venas, que mi aliento se convertía en escarcha y que mis ojos, atentos como habían estado a aquel movimiento vertiginoso y ascendente, se oscurecían ante la sorpresa y el terror. El ser que tenía ante mí no se parecía en nada a lo que había esperado. Su piel era de color verde, manchada aquí y allá por restos de piedra caliza, en vez de aquel gris oscuro que se hubiera esperado de su especie; y sus rasgos, porcinos en su mayor parte, poco tenían que ver con las angulosas facciones que se esperaría de tales seres.

Sobreponiéndome a la primera y paralizante impresión, y mientras la criatura rugía con inusitada violencia ante mí, esparciendo un aliento que despedía un extraño y nada sugerente olor a cebolla, planté mis pies con firmeza y con los brazos en jarra esperé una explicación. Tengo que admitir que aquel ser redobló sus esfuerzos para impresionarme, y durante los siguientes minutos recorrió el puente de cabo a rabo, agitando la desmesurada porra que llevaba en su garra derecha. Ni que decir tiene que nada de aquello hizo mella en mi actitud y, ofuscado por el ritmo que marcaba con mi suela, la propia criatura se dio por vencida y se colocó ante mí con aire compungido.

Gas mask baby (Santiago Eximeno)



Santiago Eximeno (Madrid, 1973) ha publicado libros de relatos como Bebés jugando con cuchillos (Grupo AJEC, 2008) o Umbría (El humo del escritor, 2013). Disfruta de la literatura de género y de las distancias cortas. Puedes encontrarle en su Web: www.eximeno.com

Child
Do not ask me
To decide
Cause it’s me
Who can tell you
How hard it is to live
(Embryodead, :Wumpscut:)

Los niños se amontonan unos sobre otros. Los cuerpos forman una montaña de carne temblorosa. Los que ocupan las posiciones más bajas apenas respiran, los que están en lo más alto se mueven, se agitan, pero no logran separarse del grupo porque el resto lo evita. Los sujetan con manos firmes, los atrapan. Nadie puede romper la montaña de niños. Y están vivos. Y respiran.

Mal menor (Alfredo Álamo)



Alfredo Álamo (Valencia, 1975) escribe bordeando territorios fronterizos, entre sombras y engranajes, siempre en terreno de sueños que a veces se convierten en pesadillas. Actualmente es el Coordinador de la red social Lecturalia.com al mismo tiempo que sigue su carrera literaria

Llovía fuerte, duro, formando una cortina gris que a duras penas dejaba ver más allá de un par de metros en cualquier dirección. Ya se habían formado torrenteras entre los adoquines que cubrían las calles del zoco, arrastrando barro, papeles y sangre, una sangre que se acumulaba en torno a pequeños desagües incapaces de tragar toda aquella basura, inundando parte de las aceras y manchando los bajos de varios tenderetes.

Akil nunca había visto nada parecido desde que tomara posesión de su cargo como Sahib al Surta, ni siquiera de su época como simple oficial de la guardia. Sólo hacía un par de horas desde que el primer aviso le sacara de la cama. La ciudad, cuando llegaban las primeras lluvias de septiembre, quedaba colapsada sin importar la hora, aunque fuera de madrugada, como era el caso.

El Criptobot (Magnus Dagon)




Magnus Dagon. Escritor de género fantástico desde hace más de una década (magnusdagon.blogspot.com) y cantante del grupo musical Balamb Garden (balambgardenmusic.blogspot.com)

La mujer se acercó y el Criptobot se elevó hasta llegar al cielo. Era una tecnotorre, uno de los androides más perfectos existentes en el Universo. Para la mujer, mirarlo era como tratar de abarcar el infinito.

La mujer se arrodilló con devoción animal.

—Mi señor —masculló, incapaz de continuar.

Las cenizas de la Unión (Alberto Venegas)




Mi nombre es Alberto Venegas, mi cuenta de twitter es @Albertoxvenegas y mi blog personal, sobre novela histórica principalmente es http://augeycaida.wordpress.com/ también escribo sobre videojuegos en ZehnGames y GamesTribune, además tengo algunas publicaciones académicas sobre Historia Medieval

—Tiene que morir —recuerdo que les dije para disipar sus temores y los míos—. Es un bien necesario, demasiado hemos soportado ya —continué, esta vez para convencerme a mí mismo.

El paso debía darse, mucho habíamos trabajado para conseguirlo.

—Tiene que morir —repetí, mirando a cada de uno de los que allí se encontraban a los ojos.

Las moscas sobrevuelan las vías (Raúl Coronil)




Raúl Coronil. Degustador de historias desde siempre y escritor de forma irregular desde hace poco más de 10 años. Me han publicado en Efímeros, Qliphot y Nexus Zine

En el andén cero esperaba sentado Grandet. El letrero luminoso seguía indicando tres minutos, pero habían transcurrido muchos más y ningún gusano había pasado por allí.

La estación se encontraba desierta, la megafonía en silencio y el periódico gratuito que tenía a un lado estaba manoseado y releído por váyase a saber cuántas personas.

—Si hubiera un virus, ya estarían todos muertos —farfulló, mirando de reojo al diario y apartándose a los límites del banco.

El país de los mutantes (Daniel Pérez Navarro)




Daniel Pérez Navarro (1968) ha escrito artículos musicales, poesía, relato y novela. Ganador o finalista en certámenes como José Saramago, Alberto Magno, La Felguera o Cosecha Eñe, ha publicado libros como La sonrisa de los muertos (2011), El libro del hombre oso (2007) o Mobymelville (2006), que será reeditado por Sportula este mismo año

Dicen los especialistas que aparcar allí es complicado. Ninguno de los expertos sabe decir cómo se puede dejar un escarabajo adaptado a minusválidos tan cerca de la franquicia un sábado por la tarde. Pero Fonsi lo ha conseguido. Llegó cuando otro coche salía. Sus poderes telepáticos y telequinéticos le permiten calcular casi siempre el momento preciso.

La brillante bola de billar que es la cabeza de Fonsi reluce ahora bajo los focos de la cafetería que Stars ha colocado en la Diagonal. Moverse dentro del local un sábado por la tarde en una silla de ruedas resulta difícil. Sin embargo, Fonsi también ha conseguido ponerse en cola sin llamar la atención de los que estaban delante de él.